Nos conocimos en una de esas
veces en que se me ocurría dormitar de cara al sol en uno de los jardines de la
universidad, después de alguna clase. La acompañaba una compañera con quien ya
estábamos afirmando una interesante amistad. Se sentaron a mi lado y me
quitaron el sueño. Necesitaban conversar con alguien más, una opinión extra
sobre el asunto que en ese momento les preocupaba y yo también necesitaba una
opinión extra para un asunto mío, así que la compañía fue mutuamente propicia.
Pasados los días la seguía
viendo y me dí cuenta de que compartíamos dos cursos pero que era de aquellas
personas que, a pesar de verla todos los días en clases o en los pasillos,
nunca había llamado mi atención de forma particular. Y fue ahí cuando me puse a
pensar en cuántas historias podemos perdernos por, simplemente, no saber
observar y no estar atentos a la realidad en todas sus facetas.
Pero había algo en ella, en
sus ojos, en su rostro, incluso en su voz y en las dos palabras que repetía
cada cuatro palabras (“o sea” y “manyas”) que se me hacía conocido. Más que
conocido, extrañamente familiar. Como una reminiscencia descendida de algún
episodio anteriormente vivido pero desvanecido en el olvido. Me parecía, en
resumen, conocerla de antes, pero no era posible. No había forma.
Con la excusa de ver uno de
los primeros atardeceres de la nueva primavera, dejamos que el Metropolitano
nos lleve hasta la estación más cercana al Puente de los Suspiros. Miramos el
mar y empezamos a charlar de la vida y los recuerdos. Ella me comentaba que ese
lugar le traía muchos a la memoria. Lo mismo que el parque, la avenida
principal y así. Y es que ella vivía en el distrito desde siempre. Pero a pesar
de esos datos, yo no caía en la cuenta.
Se hizo de noche y como buen
caballero la acompañé hasta su casa. En un edificio color crema que tuvo épocas
mejores. Yo conocía ese edificio, la última vez que había cruzado el umbral de
entrada había sido seis años antes, poco después de “aquel episodio” que ya ni
recordaba bien. Pero a pesar de ese dato, voluntariamente relegado con rapidez
al inconsciente, aún no me daba cuenta de lo evidente.
Fue en una noche de tantas
cuando la realidad me salió al encuentro, y lo hizo como siempre lo hace, a
tientas, despacio, sin anunciarse previamente, “como ladrón en la noche” por
usar una expresión bíblica. Pero éste ladrón no me daría un susto (bueno, al
comienzo sí), sino por el contrario, una interesante sorpresa.
Me encontraba en la
sanguchería de toda la vida, a escasa media cuadra del edificio y de ella. El
reloj marcaba las 23:00 y en mis audífonos escuchaba el programa cristiano
“Navegando”. Después de una breve duda decidí llamarla y efectivamente, ella se
encontraba con hambre de comida y de conversación. Y en breves minutos me dio
el alcance. Se sentó frente a mí y mientras llegaban nuestros pedidos (dos
salchipapas turboespeciales) empezamos a conversar.
- ¡Qué genial manyas! O sea,
vivimos tan cerca y nunca nos habíamos conocido. Fácil y hasta tenemos amigos
en común y ni sabemos. Conoces a B, Y, Z…
Me mencionaba nombres y no
los conocía. Hasta que mencionó a su hermana. Siempre la había mencionado pero
sin decir el nombre. Y tampoco se lo pregunté, no sé porqué. Era su hermana
mayor y tenía mi misma edad. Viviendo tan cerca y siendo contemporáneos debíamos
tener conocidos en común. Es más, ella vivía en ese edificio. Podría conocer a…
no, qué va.
Hasta que en ese momento
mencionó el nombre de su hermana. Y sentí la gaseosa más fría de lo que ya
estaba…
- Mariela, o sea, mi
hermana, se manya a toda la gente de por acá ¿ves? Ella es más de salir y todo,
yo era de quedarme en internet o viendo la tele. Ella es más social. El otro
día le hablé de ti, así mencionándole que hay un pata que vive por acá. Me dijo
que no te conocía pero cambió la mirada. Creo que tu nombre le sonó o algo así.
Mariela…
Caí en la cuenta. Los dos
apellidos coincidían y no podía ser casualidad porque no son muy comunes que
digamos. Los rostros eran muy similares. La manera de hablar también. Hasta la
manera de vestir. Y vivían en el mismo edificio. Estaba hablando ni más ni
menos que con la hermana de una persona, una de tantas personas que formaron
parte de una etapa muy bonita de mi adolescencia. Era una de las mejores amigas
de Carolina. Y sentí que el mundo era pequeño, más pequeño de lo que yo hubiera
querido…
- ¿Y esa cara? Se parece a
la cara que puso mi hermana cuando le dije tu nombre. Cualquiera diría que se
conocen y les da palta.
- No para nada. Me suena
pero, no creo.
En eso suena su celular.
- ¡Hola! Ah… sí, sí, estoy
en la sanguchería, manyas. No, no estoy sola, estoy con la persona de la que
hablamos en la tarde y que según tú no conoces jeje. ¿Ah? Ok…
Se quedó escuchando un
momento a su interlocutor y me miró. A los segundos colgó y con la voz de quien
tiene acorralado al que tiene delante dijo…
- Mi hermana dice que sí te
conoce. Eres el chico con el que tuvo un roche hace aaños, el que la venía a
visitar en las tardes y que nunca conocí porque a esa hora yo estaba en el
cole. El que decía que era su único amigo chichero jaja. Y dice que de hecho tú
la recuerdas y sabes que es mi hermana pero no lo admites por roche.
Me encontraba acorralado y
tuve que aceptarlo.
- Es cierto. Yo soy ese. Tu
hermana y yo éramos buenos amigos. Ella era una de las mejores amigas de una
chica con la que estuve y aún después de que terminásemos, ella siguió siendo
mi amiga. El roche supongo que ya te lo contó, así que preferiría no volver
sobre ese punto.
- Claaro, tu estuviste con
Carolina. La conozco. Hasta antes de irse a vivir a provincia venía a
visitarnos y hasta ahora a veces nos llama. Yo tenía 11 años pero me acuerdo
que una vez a ella se le cayó del bolsillo uno de los poemas que tú le hiciste
y mi hermana lo leyó en voz alta para paltearla. ¡Escribías bien chévere ah!
Once años tenía mi
interlocutora en ese entonces. Si pues, habían pasado más de siete años desde
aquellos acontecimientos. El tiempo pasó muy rápido. Ahora aquella púber tenía
más de dieciocho y me refería sus recuerdos.
- ¿Hasta ahora las llama?
¿Sabes algo de Carolina? ¿Qué es de su vida? :O
- ¿Te interesa saber?
Bueeno, te contaré :D
Y así pasaron los momentos.
Pedimos algunas cosas más para hacer hora y cuando miré el celular, ya eran las
01:30hrs. Como buen caballero la acompañé hasta el edificio color crema. La
idea era que ella entrase pero fue Mariela quien salió.
- Ya le dije. Y ya aceptó
que te conoce. Así que no sé, conversen ¿no?
Ahí la tenía, después de
bastante tiempo en el que nos habíamos estado cruzando por plazas, parques,
avenidas y callejuelas, sin dirigirnos la palabra. Y me sonrió. Y creí recordar
cuando ella me bromeaba diciendo:
- ¿Con qué estás ahora? ¿Con
Agua Marina o con Armonía 10? ¿Cómo dice? “Pero siempre, siempre me engañaste,
jugaste tú con mi sincero amor, cervecero yo soy lalalá”.
Mezclaba las canciones
porque no se las sabía completas. Me hacía gracia. Me gustaba.
- Hola, este, gracias por
traerla, en serio, ella es medio despistada y la vez pasada casi la asaltaron
porque ni cuenta se dio que detrás venía un ratero.
- No te preocupes, de hecho
que la acompañaría. Yo le dije para comer algo y como mínimo tenía que traerla
sana y salva a su casa.
- ¿Hace cuánto que no vienes
por aquí? ¿Años no? Y todo sigue igual…
¿Y todo estaría igual?
Conversamos un poco más. La
hora no daba para mucho y ella sabía que los robiños son una de mis máximas
fobias, así que nos despedimos. Muchas preguntas quedaron en proyecto y muchos
temas prefirieron evitarse, como diría mi tío, “por salud mental”. Y justo
cuando había dado media vuelta para irme…
- Oye, este ¿aún escuchas
Agua Marina… o Armonía 10?
- Claro, de hecho, no tanto
como antes, pero sí sí…
- Qué bueno porque ahora me
agradan Los Destellos, son muy buenos, la otra semana iré a verlos.
Sonreí.
- Son un grupo muy bueno.
Quizá en otra oportunidad te pueda pasar canciones caletas de cumbia antigua :D
- Cuando quieras. ¡Pero que
no sean de Agua Marina… ni de Armonía 10 ah!
- Ten por seguro que no :D
Me retiré sonriendo y
sintiéndome como si saliera de una cita con el huesero. No por el dolor, al contrario.
Sentía como si algo en mi interior hubiera vuelto a ser puesto en su lugar…
6 comentarios:
una pregunta... xq la etiquetaste con "cosas que oficialmente nunca existieron"..??? jeje me quede con la duda... y ... por Dios... como es la vida no? despues de tanto tiempo algo o bueno alguien te permitio que tu y ella --> tu amiga... tengan la oportunidad de saber de sus vidas.... Saludoss.... pdta.. debe ser buena chica... despues de todo el nombre MARIELA... no es solo un nombre!.. es una forma de ser! Saludos!...♥
No se si fue chevere el encuentro o no, eso solo tu lo sabes...pero te pasaste con la ultima parte ah!... como que salio de bien adentro =)
Si pasó o no, igual estuvo interesante tu relato...
Besos.
carajo yo quiero esas "dos salchipapas turboespeciales", con lo que me encantan.
el mundo es un pañuelo, lo es no hay otra, ¡¡¡que pasé la hermana!!!! (con voz de Laura Bozzo)
Suele pasar. A pesar que una lo evita (y evitarlo, créeme, es peor) pero el destino suele darte la contra y te hace cruzar nuevamente con aquéllas personas que en el pasado tuviste cisas que no resolviste o se quedaron sin hacer. Donde aúm queda limar las asperezas. En mi caso, creo que mis historias ya están cerradas (qué historias? xD) y puedo mirar adelante sin miedo a lo que vendrá..o a la persona que me encontraré en alguna salchipapería :P
Ya me diste hambre! Aún no he almorzado así que voy a ver si me como un pollipapas xD
Los reencuentros... se dan cuando uno menos se lo imagina y para desarrollar cosas que uno daba por terminadas sin que realmente lo estuvieran. Nada en la vida es por azar, los reencuentros tampoco, ni los finales o vueltas a empezar :)
Un abrazo y gracias por leerme, pero... ¡habrán leído la aclaración que puse al lado derecho de mi blog! xD
Saludos a todos!!! :P
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